Comenzar a sentir los primeros vientos de la temporada otoñal, divisar que los cielos se tornan de un color azul turqueza, azul intenso,
detectar la garganta enconada por las ventiscas que mueven hojas caidas de los árboles, hojarazcas que se tornan en colores dorados, marrones, cafes, rojos, pardos, pareciera una sola tonalidad!, lo es pero modulada por mil. La primera impresión que la piel capta es el cambio en el clima de húmedo y frío, a seco y mas frío aún, inevitablemente viene la rememoración de q el año se acaba, se empieza a morir, y que las fiestas que se acercan a pasos agigantados.
Un cosquilleo en tu paladar te indica que el virus se esta acercando, tratas de no pensar en ello, de rehusarte, pero no somos mas que simples mortales propensos a ser presa de los animalillos microscópicos que siempre están ahi omnipresentes, solo que ahora aprovechan la oportunidad para manifestarse y nos ponen en nuestra justa dimensión, en nuestro lugar de la cadena alimenticia.
Y el ánimo decae, especialmente en las mañanas nubladas, en las que los ojos despiertan llorosillos por el agripamiento que ya se adueño de la mitad o tres cuartos de tu organismo, y se nos viene la disyuntiva: me dejo fluir con la enfermedad? que me traslade al mundo insano, que tiene mucho de sano ó combatirla de frente y sin cuartel como un soldado en su trinchera con toda clase de tes, menjurjes o unguentos, remedios caseros o industriales. En mi caso particular elijo la primera opción, también por mi tipo de trabajo pasivo que me da oportunidad de descansar, debido a la naturaleza de mi actividad diaria puedo permitir a mi cuerpo, que, en su sapiencia se sumerja en un descanso que no parece descanso.


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